Internet tenía razón: tocar hierba y mancharse de barro es fundamental para nuestras defensas

Hace tiempo que por todo internet circula la expresión ‘Tocar un poco de césped’. Adolescentes de esos que pasan el día pegados al móvil la utilizan para burlarse de otros adolescentes que también pasan el día pegados al móvil. Por lo general se dice en inglés, touch some grass, pero admite declinaciones en casi todas las lenguas. En finés se dice koske ruohoon, pero Marja Roslund, ambientóloga finesa e investigadora en el Instituto de Recursos Naturales de Finlandia, no lo había escuchado nunca.

“No sabía nada, pero me encanta”, reconoce a Inspiring News desde su casa en Masala, un pequeño pueblo rural a 50 kilómetros de Helsinki. Aún así, Roslund lleva años empeñada en demostrar que, efectivamente, todos, y no solo los adolescentes, deberíamos tocar más la hierba, mancharnos las manos de barro y, a ser posible, hacerlo todos los días. En concreto, estudia las ventajas que el contacto con la tierra nos deja en la microbiota y, por tanto, en el sistema inmunitario.

Para Roslund, la investigación va mucho más allá de la mera curiosidad científica: es, según confiesa, una inquietud personal que lleva arrastrando toda su vida. “Yo crecí en el barrio de Kivikko en Helsinki. Antes era todo campo, casi me crie en el bosque que tenía al lado. Pero ahora son todo edificios, talaron el bosque, construyeron y casi no dejaron zonas verdes. Es terrible. Para mí, la naturaleza es muy importante, es el lugar donde me siento tranquila y a salvo”.

De allí que, hace una década, esta doctora en Ciencias Ambientales pusiera en marcha un estudio pionero sobre los beneficios para la salud que trae el contacto con la tierra. En concreto, se centró en las guarderías. “Ahora los patios de todas las escuelas están hechos con hormigón y grava”, explica. “Así que lo que hicimos fue tomar una muestra de unas cuantas. Las dividimos en dos grupos y a la mitad las modificamos incluyendo vegetación, césped y huertos para cultivar verduras”.

Al principio no notaron grandes diferencias, pero poco a poco fueron registrando los cambios en los niños tomando muestras del pelo, la saliva y hasta de las heces. La clave de la investigación estaba en los microbios. En el ambiente urbano, explica, priman las bacterias patógenas oportunistas, es decir que aprovechan la caída en nuestro sistema inmune para generar graves infecciones. En la naturaleza también, pero no solo y allí esta la clave: en la diversidad microbiana.

Al estar en contacto con la tierra, la comunidad de microbios de nuestra piel se hace mucho más rica y por lo tanto los patógenos se encuentran en menor proporción. Además, aumentan las gamma proteobacterias que son fundamentales para regular el sistema inmunológico. “Descubrimos que cuanta más microbiota tenemos en nuestra piel, aumentan las citoquinas antiinflamatorias que mejoran nuestras salud y regulan nuestra respuesta inmune”.

Del resultado del estudio surgió el proyecto Vahsistu que, a día de hoy, ha conseguido ya reformar 43 guarderías en Finlandia devolviéndoles el toque con la naturaleza que nunca habían perdido. Pero el fenómeno abarca mucho más que a los niños: también hicieron experimentos con adultos a los que se les animó a cultivar su propio huerto en invierno y los resultados fueron similares.

“Cuando eres niño, tu sistema inmune se esta desarrollando después del parto y hasta dentro del útero, pero con los adultos también surte efecto. La microbiota de su piel primero, y de su estómago después, también se volvía mucho más diversa”, defiende. Y no solo eso, Roslund está convencida que la diversidad de nuestros microbiomas corporales también puede acabar influyendo en nuestra salud mental. Aunque para eso, asegura, aún hace falta investigar mucho más.

“Hay muchos estudios que analizan que cuando vas a la campo se reduce tu estrés, pero todavía no hay tantos estudios que muestren cómo la microbiota puede afectar a tu salud mental. Aun así, es posible. La microbiota genera moléculas de señalización que pueden afectar a nuestros niveles hormonales. Además, existe una relación estrecha entre el estómago y la cabeza. Así que, si en la tripa se generan estas moléculas, pueden acabar llegando a la cabeza y afectando a nuestro estado anímico”.

Los próximos pasos de su investigación están orientados hacia el estudio los beneficios de una microbiota diversa en residencias de ancianos y personas con diagnósticos severos de autismo. “Estas personas no pueden andar para estar en contacto con la naturaleza, así que nosotros les acercamos toda esa diversidad”, matiza. Para el resto de gente que no vive cerca de la naturaleza, pero sí que tiene capacidad de acción, Roslund insiste en unos consejos básicos.

“Siempre se pueden tener plantas en casa, hacer excursiones al campo y, sobre todo, animar a los niños a ensuciarse. ¡Muchos padres se llevan las manos a la cabeza cuando sus niños se manchan!”. Lo que no saben esos padres es que esas manchas están fortaleciendo el sistema inmunológico de sus hijos y, según una de las hipótesis de Roslund que aún le queda por demostrar, les pueden estar previniendo de enfermedades como la alergia o la diabetes tipo 1.

“Es muy importante lavarse las manos y ser muy higiénico cuando estás en contacto con la gente, que es la que te puede contagiar con patógenos. Pero cuando estás en contacto con la naturaleza no hay problemas de este contagio”, resume. “Por lo general, claro, luego siempre hay excepciones”.

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