Casi nadie sabría dibujar un coyote. De hecho, este pequeño canino posee muy pocos rasgos que lo distingan. Uno de ellos, tal vez el único, es su hambre insaciable, especialmente por los correcaminos. O por lo menos esa es la imagen que nos lleva vendiendo durante décadas el estudio Warner Bros con dos de sus Looney Tunes más queridos: Will E. Coyote y el Correcaminos. Sin embargo, este viernes 18 de septiembre llega a los cines Coyote vs Acme, una nueva entrega del dúo que promete romper todos nuestros esquemas.
Durante generaciones nos reímos del coyote, de sus intentos frustrados por atrapar al Correcaminos, de sus descabellados inventos tecnológicos y de sus constantes caídas por los cañones de ese infinito suroeste estadounidense. Ya no. Ahora el público, que es en gran parte responsable de la existencia de esta nueva película, lo ha convertido en un ídolo aspiracional. Una víctima del opresivo sistema empresarial que, por muchas veces que caiga, se sigue siempre levantando. En definitiva, un Sísifo contemporáneo. Un Sísifo feliz.
Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo ha pasado un dibujo animado aparentemente intrascendente a convertirse en un referente filosófico? ¿Cómo pudimos pasarnos tantos años sin entenderlo? Porque las pistas, en verdad, siempre estuvieron allí.
De aquel Quijote, este Sísifo
Fue en 1949, recién acabada la Segunda Guerra Mundial, cuando se emitió el primer corto del Coyote y el Correcaminos bajo el título: Fast and Furry-ous. Y ya entonces estaba lleno de referencias literarias. A Chuck Jones, creador de los personajes, la idea original le vino leyendo la obra Pasando Fatigas de Mark Twain en al que se describe al coyote como un animal siempre hambriento de caza.
En los bocetos iniciales de la serie se aludía al animal como Don Coyote, en referencia a Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, y la elección no era casual. Como el hidalgo manchego, el coyote se pasa toda su vida luchando por una quimera y rodeado de agrestes desiertos. En su caso no había ni gigantes, ni princesas, ni libros de caballería, solo un objetivo, cazar al correcaminos, y un medio, los infinitos inventos fallidos de la marca ACME, acrónimo de American Companies Make Everything.
La trama era sencilla, el coyote consigue un arma de ACME y la intenta utilizar para cazar al correcaminos, pero nunca lo consigue. Y así una y otra vez. A lo largo de cientos de cortos, capítulos, series y películas. En esa sospechosa repetición no era extraño, por tanto, que muchos empezaran a sacar sus propias interpretaciones.
La obsesión del coyote por comprar por correo los productos de ACME, sus confianza ciega en los avances tecnológicos y la consecuente decepción, se tradujo fácilmente en una representación del consumismo al que se lanzó Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. Un consumismo que también nacía de la eterna repetición y se sustentaba en la fe en el progreso de la ciencia de aquella época.
Como destaca el diario The Financial Times, años después el filósofo esloveno Slavoj Žižek incluso encontró en las reiteradas caídas del coyote un medio para explicar cómo funcionan nuestras convicciones. Uno de los gags más repetidos consistía en que el coyote corría hasta salirse del acantilado y solo era cuando miraba hacia abajo que finalmente caía. Para Žižek, este gesto demostraba que todas nuestras certezas e ideologías dependían de que no mirásemos al abismo, a la ausencia de sentido, para poder seguir sosteniéndose.


Pero la interpretación más conocida no fue una caída, si no una subida. Rápidamente los críticos encontraron una clara similitud entre la ardua y repetitiva labor del coyote y la obra cumbre del existencialismo de Albert Camus: El mito de Sísifo. En este ensayo se aborda al personaje mitológico de Sísifo al que los dioses castigaban a llevar todos los días una piedra hasta la cima de una montaña para luego tirarla y volver a subirla al día siguiente.
Esta imagen, para Camus, era la descripción del sentido de la vida. Por eso, decía, había que imaginar a Sísifo feliz aunque estuviera condenado a la repetición. Un conflicto sin solución posible con el que el Coyote bien se podía identificar. O tal vez no, porque en 1990 el humorista Ian Frazier fantaseaba con la idea de que el coyote pudiera poner fin a su suplicio demandado a la empresa ACME por sus repetidos fallos de producto en un relato titulado Coyote vs ACME publicado en la revista The New Yorker.
Nuevo ACME, mismo coyote
De esa idea tira también la nueva película del mismo nombre que llega este fin de semana a los cines. Solo que ahora tiene una capa más de significado. La película, dirigida por Dave Green, empezó a desarrollarse en 2018, pero, una vez acabada en 2023, el estudio Warner Bros decidió no estrenarla para atenerse a una deducción fiscal y en su lugar lanzó Barbie. Los fans empezaron entonces una campaña para salvar a la película que finalmente consiguió reforzar una de las tramas de la película.
La historia convierte al coyote en una víctima del consumismo y del injusto mundo empresarial, y eso era precisamente lo que estaba pasando con la película. Gracias a la presión del público, el estudio acabó vendiendo los derechos de la película a Ketchup Entertainment que finalmente ha conseguido llevarla a las salas.
Un final inmejorable para esta nueva versión del coyote. En un mundo saturado por la cultura del éxito y la victoria, sus fracasos, lejos de hundirlo, le hacían aún más fuerte y le convertían en un icono por su lucha contra las multinacionales. Un coyote a la medida de 2026.








