Después de un intenso verano, en la zona del Norte de Virginia, a las afueras de Washington D.C, al fin han amanecido con algo de fresco. Como acostumbra a hacer a diario, Tom Patterson (70 años, Bay Shore, Nueva York) se ha levantado y se ha tomado el café trabajando sobre la base de datos Natural Earth. Después irá a jugar al disc golf, una variedad del golf que se juega con frisbees y canastas. La rutina de este cartógrafo retirado hace ya 8 años de su discreto trabajo para el Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos parece, a todas luces, inamovible. Y, sin embargo, hace poco más de una semana que toda su agenda se puso patas arriba.
Ahora, cada día, tiene que encajar varias entrevistas. “Esta última semana me paso el día respondiendo correos y mensajes, dando entrevistas para la tele y la radio… Son mis 15 minutos de fama”, reconoce pudoroso a Inspiring News al otro lado de la pantalla de su ordenador. Detrás de él cuelga, por su puesto, un gran mapa de Norteamérica. Pero el tema que le incumbe estos días ha viajado mucho más allá de su propio continente: se ha convertido en una conversación global.
Hace una semana, la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó, con una aplastante mayoría de votos a favor, una resolución para impulsar a todo tipo de instituciones a dejar los mapamundis tradicionales y utilizar representaciones que se asemejen más a la forma real del planeta. En concreto, se aconsejaba una: la Equal Earth Projection, creada por Patterson junto a sus colegas Bernhard Jenny y Bojan Šavrič. Lo propuesta venía impulsada por Togo y por la Unión Africana, que sostenían que el continente africano había sido históricamente reducido en los mapas.
“Aquel día me había olvidado por completo de la votación de la ONU. Estaba navegando por internet y, de repente, me empezaron a llegar todas las noticias. Obviamente estoy encantado con el resultado, supera con creces mis sueños más locos”, confiesa entre risas. “Estoy muy contento de que el mapa haya sido tan significativo para tantos países en África”. La ONU, en realidad, es el último paso de un proyecto con vocación de difusión y participación pública que empezó hace ocho años. Para hablar de ese largo camino, las confusiones que la noticia ha provocado y el poder invisible de los mapas, el cartógrafo nos dedica media hora de su mañana. Después le espera, por supuesto, el disc golf.
Del pupitre al mundo
Para Patterson, la clave de toda su disciplina está en la infancia: esas clases de primaria cuyas paredes, se encuentren en Pekín, Milwaukee, Luanda o Múnich, están siempre forradas de mapas. “Los estadounidenses somos particularmente famosos por no saber donde están la mayoría de países. Desgraciadamente creo que el resto del mundo nos está haciendo cada vez más la competencia en este aspecto. Por eso, tener un mapa que enseñe en proporción todos los países y los continentes es vital. Sobre todo para los colegios. Normalmente los niños se sientan a escuchar al profesor y, cuando se aburren, miran a los mapas, miran los colores y sueñan con otros lugares. Para un estudiante, tener una representación fiel de la Tierra, aunque sea solo por tamaños, es fundamental para formarse una idea equilibrada de nuestro planeta”.
Esos mapas, mitad vasijas de los sueños futuros, mitad portales a mundos desconocidos, fueron, de hecho, el origen de su vocación. En esa época, claro, se limitaban al área de las montañas Adirondack en la que se crio: “Me empecé a interesar, como todo el mundo, viendo atlas en clase. Me pasaba el día fuera, disfrutando de la naturaleza y los mapas eran esenciales. Para muchos, en el colegio, su clase favorita era Educación Física, para mí no, para mí era Geografía”.

No solo eso, sino que la enseñanza fue también el origen de proyecto Equal Earth Map. Aquí Patterson se pone serio. En casi todos los grandes medios cuando se habla de la resolución de la ONU de impulsar su proyección frente a otras, se suele mencionar en oposición al mapamundi Mercator. Esta representación, que debe su nombre al cartógrafo flamenco Gerardus Mercator, fue diseñada en 1569 para facilitar la navegación. Como en todos los planisferios, al pasar una esfera tridimensional a un plano cuadrado, presentaba distintas alteraciones, fundamentalmente en los polos. Lo que provocaba que Groenlandia apareciese con un tamaño similar a África cuando es 14 veces menor.
«Decían que la comunidad cartográfica estaba muy atrasada… Así que yo me dije: ‘Ya está bien. Estoy enfadado y frustrado. Nuestro mensaje no termina de calar»
“Desde luego no era una buena opción, distorsiona cualquier zona en las latitudes altas. Pero el tema es que hace mucho que la proyección Mercator no se utiliza para mapas. Los cartógrafos nos dimos cuenta de que no era la mejor opción y llevamos 60 años buscando opciones mejores. Aún así, todo el mundo ahora está centrado en Mercator. Lo entiendo a todos nos gusta tener un villano y ahora es Mercator. Pero nuestro trabajo fue en respuesta a otra mapa”, explica.
Y de allí de vuelta a los colegios. En 2018, la asociación de los colegios públicos de Boston decidió que quería utilizar una representación más igualitaria del planeta y recurrieron a la proyección de Peters. Este proyecto, surgido en los años sesenta de la mano del historiador y activista alemán Arno Peters, alargaba la forma de los continentes para conseguir una proporción más equilibrada. Según Patterson, cada tanto llegaba una ONG que intentaba promover su uso. “Peters decía que la comunidad cartográfica estaba muy atrasada y que la suya era la única gran solución”, añade.

“El mapa tenía un reparto igualitario. Vale, tachaba esa casilla. Pero se veía muy raro. Era como: ‘¿Qué es esto? No reconozco el mundo en el que vivo’. Además era rectangular, estaba encerrado en una caja, cuando la forma tendría que asemejarse más al globo terráqueo. Cada vez que una ONG decía que la iba a empezar a utilizarlo, la comunidad cartográfica se llevaba las manos a la cabeza. Así que yo me dije: ‘Ya está bien. Estoy enfadado y frustrado. Nuestro mensaje no termina de calar”.
Cartografía de la igualdad
Así que llamó a dos colegas, Bernhard Jenny, suizo, y Bojan Šavrič, esloveno, con una misión clara: no tanto superar a la proyección Mercator, que ya se había hecho mil veces, sino acabar con la proyección de Peters. Ya había muchos intentos previos de representaciones igualitarias, la de Werner, la de Eckert o la de Putin, pero cada una fallaba en algo. Ellos querían llegar a proyección igualitaria definitiva, que fuera precisa, pero también estética y, desde luego, fácil de vender y compartir para que llegase al gran público.
Lo primero fue, por tanto, terminar con una tradición en este tipo de proyectos. “Tradicionalmente se nombran por las personas que hay detrás trabajando. En nuestro caso, tendría que haber sido el mapa Patterson-Jenny-Šavrič, que no suena particularmente bien. Así que dijimos: ‘Equal Earth’. Es fácil de recordar y consigue sintetizar lo que queríamos lograr con el proyecto. Acabó siendo una muy buena decisión de marketing, aunque no somos vendedores, solo investigadores académicos”, confiesa. La igualdad en el proyecto era integral, desde el nombre hasta la difusión final.

Después estaba la forma, no podía seguir siendo rectangular: había que acabar con el imperio de la recta. Utilizando el código en el que se especializa Jenny, las fórmulas que ideó Šavrič para llevar los datos geográficos a la representación gráfica y, por supuesto, el diseño de Patterson, en apenas medio año consiguieron llegar a un mapa que les satisfacía a los tres. El resultado: los continentes estaban al fin en proporción, la forma presentaba los márgenes laterales abombados como el propio planeta y el diseño, que partía de la proyección Robinson, se asemejaba a los mapamundi más tradicionales. Había nacido la Equal Earth Projection, de la que se podían obtener cientos de mapas específicos. Todos ellos de acceso y descarga libre.
«Los conflictos geopolíticos son asuntos muy polémicos. Ningún mapa que crees contentará a todo el mundo»
“El mapa se recibió bien en la comunidad de cartógrafos, conseguía tachar todos los requisitos, nos dieron una palmadita, pero ya está”. Patterson se quedó con ganas de seguir llenando de vida al proyecto y creó una web en la que poco a poco la gente se fue ofreciendo a traducir los mapas de forma voluntaria. En total cuenta ya con más de 20 lenguas. «Nosotros solo creamos el mapa, la gente lo abrazó», matiza. Gracias a esta difusión llegó a oídos de la Unión Africana que lo convirtió en una de sus grandes batallas y que, después de años, consiguió llevar a la ONU.
La respuesta fue mayoritariamente buena. Solo hubo un país que votó en contra, Estados Unidos, por considerarlo superfluo. ¿Le afectó que su propio país votase en contra? “Evidentemente fue una decepción. Pero, ¿qué podemos hacer? Nos estamos acostumbrando a esto”. También hubo abstenciones como la de Ucrania que no se oponía al proyecto, sino al hecho de que en el mapa no apareciese la provincia de Crimea, ocupada por Rusia, como parte del país.
Patterson defiende que su intención fue siempre hacer un mapa de facto, más que de iure, es decir, que refleje los países que en la práctica controlan los territorios, en vez de los países, como Ucrania, a los que por derecho internacional les pertenezcan esos territorios. “Esa es la idea general, y casi todo atiende a eso, pero en muchas decisiones soy inconsistente, lo reconozco. En el caso de Crimea no quería representarlo como parte de Rusia así que le apliqué un color gris neutral”.
Otros conflictos que han surgido, comenta, son los de las islas Kuriles de Japón, Taiwán o Gaza. “Los conflictos geopolíticos son asuntos muy polémicos. Ningún mapa que crees va a contentar a todo el mundo. Como solución, cuando la gente se queja, les digo que los mapas son gratis. Si es el conflicto de Israel y Palestina es el que te preocupa, puedes descargar los mapas, modificarlos e imprimirlos allá donde quieran. ¿Quién más ofrece acceso gratis a los archivos originales para que se puedan modificar?”.
Cada día, reconoce, recibe cientos de propuestas que matizan los nombres de muchos lugares o le advierten de cambios en la toponimia. “La proyección ya está grabada en piedra, pero los mapas siguen vivos. Cuando me dicen un cambio me retuerzo porque tengo que corregir 50 mapas distintos con todas sus variaciones. Un cambio pequeño requiere dos días de trabajo”, cuenta.
Aún así, asegura, lo hace encantado. Cuando empezó se hacía todo a mano y, aunque es imposible no mirar con nostalgia aquellas técnicas artesanales, abraza por completo la revolución digital. “Si estuviera todavía en la época manual no seguiría haciéndolo. El diseño de mapas fue primero mi vocación y ahora es mi hobby. A día de hoy, llevo ocho años retirado y no puedo parar”. Porque los 15 minutos de fama pasarán, pero su responsabilidad y su oficio como cartógrafo seguirán siendo los mismos.










