Los tiburones matan a menos de 10 personas al año en todo el mundo. Los humanos matamos aproximadamente 100 millones de ellos. Cristina Zenato lleva 30 años sabiendo esto. Y por eso, cuando un tiburón llega a sus aguas con un anzuelo atascado en la mandíbula, no huye — se acerca.
Ha extraído personalmente más de 300 anzuelos de la boca de tiburones en las aguas de Gran Bahama. Sin anestesia. Sin equipo especializado. Con sus propias manos y una técnica que lleva décadas perfeccionando. Y los mismos animales que operó vuelven a buscarla temporada tras temporada.
Del Congo a Bahamas: una vida dedicada al océano
Cristina Zenato nació en Italia en 1971 y creció en el Congo hasta los 15 años, rodeada de naturaleza y de una familia que nunca le enseñó a tener miedo de los animales. Su padre era buzo de fuerzas especiales — el océano siempre estuvo cerca.
Con 22 años llegó a Bahamas por un año sabático. Quería aprender a bucear, cumplir un sueño de infancia y volver a Italia a retomar sus estudios de hostelería. Empezó a bucear con tiburones en 1995, se convirtió en instructora de buceo y nunca tomó ese vuelo de vuelta. Lleva 30 años viviendo en Gran Bahama.
«Era un sueño de infancia ser guardiana del océano. Todo lo que quería era ser la persona que lo protegería de las acciones de los humanos, como un guardabosques pero imaginándome en traje de buceo», explica Zenato.
La inmovilidad tónica: cómo hipnotiza a los tiburones
La técnica que usa Cristina para sacar los anzuelos se llama inmovilidad tónica. Es una respuesta natural del tiburón: cuando se le estimulan ciertos electrorreceptores del hocico — unos órganos sensoriales llamados Ampollas de Lorenzini — el animal entra en un estado de calma profunda similar al trance. Sus músculos se relajan, su respiración se ralentiza y permanece quieto durante varios minutos.
Cristina usa esa ventana de calma para acercarse al animal, inspeccionar su boca y extraer el anzuelo con cuidado. El procedimiento requiere años de experiencia, un conocimiento profundo del comportamiento de cada especie y, sobre todo, la confianza que se construye con el tiempo. No es algo que pueda hacerse con un tiburón desconocido — es el resultado de décadas de relación con los mismos animales en el mismo ecosistema.
Los tiburones que Cristina ha tratado la reconocen. Vuelven a ella. Algunos llevan años regresando a las mismas aguas donde ella bucea, y ella los reconoce a ellos. Para Cristina, eso no es magia — es la consecuencia lógica de respetar a un animal y aprender a comunicarse con él en sus propios términos.
People of the Water y una nueva forma de entender la conservación
Cristina no trabaja sola. Fundó la ONG People of the Water con el objetivo de que las comunidades locales se conviertan en las principales guardianas de los océanos que habitan. Su filosofía parte de una idea simple: la conservación solo funciona cuando las personas que viven junto al mar sienten que ese mar también les pertenece.
En 2025, Zenato presentó su nuevo proyecto Water Interconnectivity — una exploración de los vínculos entre nuestras vidas cotidianas y los ecosistemas acuáticos del planeta. La propuesta parte de una convicción: que no podemos proteger lo que no entendemos, y que entender el agua es entender todo lo demás.
Ese mismo año fue reconocida como Diver of the Year por Beneath The Sea, una de las organizaciones de buceo más relevantes del mundo. Forma parte del Explorers Club, la Women Divers Hall of Fame y la Ocean Artists Society. Ha remapeado cavernas submarinas en el Parque Nacional de Lucayan, en Bahamas, y habla cinco idiomas. El sexto, dicen quienes la conocen, es el de los tiburones.
El problema nunca fueron los tiburones
Los tiburones llevan 450 millones de años en los océanos. Son una pieza clave del ecosistema marino: regulan las poblaciones de peces, mantienen el equilibrio de los arrecifes de coral y contribuyen a la salud de los océanos que producen más del 50% del oxígeno que respiramos. Sin tiburones, los océanos colapsan. Y sin océanos sanos, colapsa todo lo demás.
Cristina no perdió el miedo a los tiburones porque se volvió valiente. Lo perdió porque los conoció. Y ese conocimiento lo cambió todo — para ella y para los cientos de personas que han buceado con ella y han salido del agua con una relación diferente con el animal que más habían temido.
Los tiburones matan a menos de 10 personas al año. Los humanos matamos 100 millones de ellos. Cristina lo sabe. Por eso mete la mano.
¿Conocías este dato antes de hoy?
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