Aina Barca fundó la primera escuela de educación especial en Nepal con 21 años. Hoy tiene tres centros y 44 niños que antes no tenían ningún futuro.

En Nepal, tener un hijo con discapacidad intelectual se considera, en muchas comunidades hindúes, un castigo por los pecados cometidos en vidas anteriores. La familia siente vergüenza. La presión social es enorme. Y el resultado es que estos niños acaban solos, encerrados en casa o directamente abandonados por sus familias. Sin escuela. Sin acceso a terapia. Sin futuro.


Aina Barca, una joven de Barcelona que estudiaba Trabajo Social, lo descubrió en 2012 con 21 años. Tardó 15 días en decidir qué iba a hacer al respecto.

Lo que Aina encontró en Nepal

Aina viajó a Nepal por primera vez en 2012 y se alojó en Hetauda, una ciudad al sur del país. Trabajaba en Barcelona en un centro con personas con parálisis cerebral — un entorno con grúas mecánicas, terapias especializadas y recursos adaptados. Lo que encontró en Nepal era radicalmente diferente.
Los niños con discapacidad intelectual tenían, en el mejor de los casos, cuatro opciones: ser matriculados en una escuela ordinaria donde repetían parvulario eternamente — vio a chicos de 16 años con síndrome de Down en la misma clase que niños de 2 años —, ser enviados a escuelas para sordos donde aprendían lengua de signos pero no a hablar, permanecer encerrados en casa mientras sus familias trabajaban, o ser abandonados directamente por sus familias.

«En el hinduismo, la familia siente mucha vergüenza y presión social por reconocer que han tenido un hijo con discapacidad intelectual, porque significa asumir que hay algo que no han hecho bien. Por lo tanto, es mejor abandonar a este hijo o no reconocerlo», explicó Aina en una entrevista con la UOC.


15 días para decidir, 8 meses para recaudar fondos

Al volver a Barcelona, Aina quería recuperar su vida anterior. Pero no podía dejar de hacerse una pregunta: ¿por qué un niño con las mismas discapacidades que ha nacido en Barcelona o en Nepal tiene una vida tan diferente? A las dos semanas de regresar, tomó la decisión.
Registró la ONG Familia de Hetauda — un nombre elegido porque, aunque no compartían sangre ni apellido, sentía que aquellos niños eran de su familia. Durante ocho meses recaudó fondos a través de socios que aportaban 10, 15 o 20 euros al mes. Y con eso construyó la primera escuela de educación especial registrada en Nepal: la Asha School, que en nepalí significa esperanza.


El proceso no fue fácil. Nepal es un país profundamente machista, y Aina era mujer, joven y extranjera — tres factores que le pusieron obstáculos en cada paso. Se enfrentó a amenazas, coacciones y abusos. Aun así, consiguió lo que se había propuesto.


De una escuela a tres centros en todo Nepal

La Asha School empezó con unos pocos niños en Hetauda. Hoy tiene 44 estudiantes de entre 7 y 25 años — porque Aina nunca echa a nadie por su edad — y 22 trabajadoras locales. El centro incluye escuela y taller ocupacional, donde los jóvenes de 16 a 25 años aprenden un oficio: bisutería, sombreros, cocina.
Los avances que describe Aina son pequeños en apariencia pero enormes en contexto: niños que el primer día de escuela tiraban la cuchara por la cabeza y ahora comen solos. Niños que no sabían qué hacer con un lápiz y ahora escriben su nombre. Niños que no hablaban y ahora dicen algunas palabras.
En 2021 abrió el segundo centro en Katmandú. En noviembre de 2025, el tercero en Bardibas. Y a través de la Fundación Si Asha, su objetivo es que cada provincia de Nepal cuente con una escuela de educación especial, un centro de fisioterapia y un hogar donde cada niño pueda crecer con dignidad.


«No desde la caridad, sino demostrando que pueden tener una vida plena»

Lo que distingue el enfoque de Aina es su rechazo explícito a la lógica de la caridad. En Nepal, la discapacidad se trata tradicionalmente desde la compasión y la dependencia. Aina lo hace desde los derechos.
«Asha School da a personas que han vivido a la sombra voz para defender sus derechos, y no desde la caridad, que es como se trata este tema en Nepal, sino demostrando que son niños con capacidades y que pueden tener una vida plena», explica.
Aina vive a caballo entre Barcelona y Nepal desde hace 12 años. Ha escrito un libro sobre su experiencia — Asha o la fuerza de la esperanza, publicado por Plataforma Editorial — y forma parte del claustro del Aina Institute. Todavía hay niños en lista de espera para entrar a sus escuelas.
Aina tenía 21 años y 15 días para decidir. ¿Cuánto tiempo llevas tú pensando en algo que quieres hacer?

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