Charlotte Perriand, la mujer olvidada por el diseño que ya pensaba en pisos diminutos

Amiga íntima del arquitecto Josep Lluís Sert, parte del estudio de Le Corbusier y, ante todo, espíritu libre y social, la arquitecta y diseñadora resucita gracias ‘Charlotte Perriand. La libertad de repensar el mundo’ , la última exposición de la Fundación Miró en Barcelona

Hace justo 50 años la diseñadora Charlotte Perriand acudió como invitada a la inauguración de la Fundación Miró proyectada por Josep Lluís Sert. Entonces tenía 72 años y una dilata experiencia a sus espaldas, del estudio de Le Corbusier a sus viajes por el Mediterráneo o Japón o la estrecha amistad con el mismo Sert. Aún así, su firma nunca llegó a tener el peso que merecería y sus diseños más reconocidos pasaron décadas sin asociarse a su nombre. Sobre todo en España.

Para subsanar este vacío, la Fundación Miró ha decidido traerla de vuelta a sus salas con Charlotte Perriand. La libertad de repensar el mundo, la primera exposición en España que se centra en su figura. «Charlotte siempre estuvo muy interesada en diseños prácticos y para todo el mundo, pero sin ponerse ella en el centro. Y así le fue: su nombre quedó borrado. Pero a ella eso nunca le interesó. Le interesaba encontrar soluciones y trabajar y lo hizo hasta los noventa años», explica Martina Millà, jefa de exposiciones del centro y comisaria de esta muestra.

Para ilustrar los mecanismos con los que muchas veces opera esta invisibilización histórica, Millà recurre a una fotografía de la presentación en 1929 de un piso prototipo que diseñó el estudio de Le Corbusier del que formó parte Perriand en uno de sus periodos más prolíficos. En concreto, señala un cartel con los nombres de los arquitectos y diseñadores involucrados: Le Corbusier, Pierre Jeanneret y la misma Perriand. «Le Corbusier al principio impone el orden alfabético para ir primero y después borra los otros nombres», cuenta tapando esos nombres con su mano.

Una de las salas de la exposición. Alice Brazzit

La exposición, organizada en colaboración con el Kunstmuseum Krefeld y Museum der Moderne de Salzburgo, propone precisamente el ejercicio contrario: un descubrimiento que vas mucho más allá de su firma en los muebles y recorre el resto de sus facetas artísticas como la fotografía, los collages con gran carga de denuncia o el pensamiento sobre la vivienda social de entreguerras. En una calurosa tarde otoñal, Millà nos recibe para ejercer de cicerone por los tres pisos que recogen algunas de sus obras más memorables.

Ni hilos, ni cojines

Cuenta la leyenda que la primera vez que Perriand visitó el estudio del mítico arquitecto Charles Édouard Jeanneret Gris, es decir Le Corbusier, este le dijo que lo sentía pero que allí no bordaban cojines. «Le trató muy mal y le dijo que allí no encajaban sus labores, que era un sitio de machos y que había que trabajar», denuncia la comisaria. «Luego se da cuenta de que necesita ese talento increíble y se tiene que comer sus palabras».

En concreto, ese talento nacía precisamente del amor por la aguja: su padre era sastre y su madre costurera. De niña era diestra en el dibujo y acabó por ingresar en la Unión Central de Artes Decorativas para estudiar diseño de muebles. Aunque desde bien temprano rechazó el estilo Beax Artes que prodigaban allí y optó por construir su propio estilo. En 1927, hace casi un siglo, se dio a conocer en el Salón de otoño con Le Bar sous le toit, el bar bajo techo que había diseñado para su propia boardilla.

«Su campo de pruebas siempre fue su propio piso. La idea era poder invitar amigos, beber, pasárselo super bien, era una idea de sociabilidad de la que se habla poco cuando hablamos de interiorismo. Quería trasmitir un estilo de vida como el suyo de gente joven», justifica. En ese mismo año, Le Corbusier se había dado cuenta de que el interiorismo era la gran tarea pendiente de su estudio y, aunque al principio la rehúye, también acaba por acercarse al fenómeno que había creado Perriand con su bar casero.

Fotografía de Pierre Jeanneret. Archives Charlotte Perriand, 2026

Desde ese momento empezó una colaboración marcada por la huida del art decó imperante, la primacía del metal y del mecanicismo como seña del futuro. De allí nacen la famosísima Chaise long, las butacas Fauteuil o la siège pivotant . Pero a finales de los treinta el mundo se agita con el crac del 29 y Perriand siente una revelación que la acompañaría de por vida. «Son una generación que surge del desastre de la Primera Guerra Mundial, por eso defienden una nueva manera que deje atrás la civilización burguesa que había causado la guerra».

«En un primer momento defienden esa modernidad a través de una industrialización que simplifique y haga la vida accesible a la gran mayoría, pero después del crac surgen nuevas oleadas de miseria», narra Millà. Perriand recorre entonces la miseria de los barrios parisinos y empieza a hacer grandes fotocollages de denuncia. Pero pronto siente que el problema requiere una implicación mayor. Era la época del Frente Popular y ella se involucra en los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna.

Prototipos para todos

«Se debatía la construcción para todos. Si se tenía que vivir en espacios reducidos pero al alcance de la mayoría, se encontraban las soluciones para hacerlo de la manera más cómoda posible», añade. «Perriand nunca quiso hacer muebles para las élites. Se da cuenta muy pronto que la industria esta muy verde para producir los muebles de estilo mecanicista y entonces pasa a una especie de dialogo de recuperación de los oficios tradicionales. Le dice a la gente: ‘Yo os doy el prototipo, un modelo para que podías adaptar a vuestra casa pero tenéis que acudir al carpintero del barrio».

Este compromiso social la acaba por alejar de Le Corbusier y en 1937 deja el estudio. Le sigue después una vida llena de viajes, como su estancia en Japón y posteriormente en Vietnam durante la Segunda Guerra Mundial, que no hicieron más que ensanchar un sello propio que, sin embargo, separado de Le Corbusier, caminaba irremediablemente al olvido.

«Ella fue la precursora de un estilo entre el Do It Yorself y la defensa de los pequeños artesanos que ahora nos vendría muy bien. También defendía interiores sencillos y prácticos. Que no tuvieras que andar todo el día sacando el polvo a los pongos. Aprendió del interiorismo japonés a guardar lo mínimo para que se pueda recoger rápido e irse de casa a disfrutar del exterior», zanja.

Afortunadamente, en el año 56, Josep Lluís Sert, arquitecto con el que había construido una relación muy estrecha en sus años en el estudio de Le Corbusier, escribe un alegato a favor de las contribuciones de Perriand al Movimiento Moderno, que consigue poner su nombre otra vez sobre la mesa. La diseñadora, que apenas alcanzo a vivir una gran retrospectiva en su honor, le devolvió el gesto acompañándolo no solo en la inauguración de la Fundación, sino también en sus últimos días de enfermedad en la unidad de paliativos.

Esa relación no solo sobrevivió a la muerte de él, sino también a la de ella. Y ahora, y hasta el 28 de febrero, se materializa por primera vez en la ansidad conversación entre los muebles de Perriand y el edificio de Sert.

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