Francisco Vera, activista climático desde los 9 años: “Empoderar a los niños es una forma de fortalecer la democracia” 

Fotografía tomada de la cuenta de Facebook del propio Francisco Vera.

Fotografía por Holland Park Media

Antes de cumplir los diez años, este defensor de la naturaleza ya había movilizado a todos los compañeros de su clase. Ahora, a punto de acabar el bachillerato y como parte activa UNICEF, apunta más alto: quiere movilizar al mundo y sin perder su juventud por el camino


Francisco Vera (Villeta, Colombia) tiene 17 años recién cumplidos y aún así ha vivido una vida que ni un adulto a los 40 años. “Este activismo me viene desde que tenía 9 años, ya me siento veterano”, explica tranquilo a Inspiring News al otro lado de la pantalla de su ordenador. Aún así, este aguerrido activista, que UNICEF ha nombrado primer defensor juvenil del medioambiente y la acción climática para América Latina y el Caribe, tiene una cosa clara: no piensa perder su juventud. Por eso, en la conversación pasa de explicar grandes conceptos como el adultocentrismo a comentar con alegría, como todo adolescente, sus últimas lecturas de verano. En su caso: Asesinato en el Orient Express de Agatha Christie. 

También habla como un expatriado orgulloso y nostálgico por estar lejos de su país, que siempre lleva en su corazón, aunque desde hace cuatro años vive en Cataluña por motivos de seguridad. Sin embargo, esto no ha sido impedimento para que continúe ejerciendo su derecho de defender lo que considera justo, aquí también se moviliza junto a otros para seguir «en la lucha», como él la llama. Si bien extraña su Colombia natal, se siente contento con las nuevas raíces que está echando: habla catalán con soltura, tiene amigos para salir a jugar fútbol y pasar el rato y su parte favorita del verano es nadar.

El día de la entrevista había pasado la mañana nadando con su madre, atravesando una cala poco accesible, un logro que lo hace sentir orgulloso. Y quizás ahí está la mejor imagen de Vera, atraviesa calas igual que atraviesa el Amazonas, con la misma tenacidad tranquila. Y, sobre todo, siempre deja un mensaje para que los niños y adolescentes no se «achicopalen», para que ejerzan su derecho de alzar la voz.

¿Cuándo fue tu primer acercamiento al activismo?

Lo vi por televisión. Recuerdo que había llegado del colegio, era la hora del almuerzo, y puse las noticias en Caracol: el incendio [del Amazonas]. Era 2019 y, aunque en Colombia había un gobierno que no era negacionista directamente, aunque sí un poco retardista  frente al cambio climático, en Brasil sí es verdad que estaba Jair Bolsonaro en el poder. Un gobierno abiertamente negacionista bajo el cual la deforestación se mantuvo en picos muy altos. Lo primero que sentí fue una situación de urgencia, de emergencia, que me llegó al corazón y a mi conciencia, y que, de alguna manera, me inspiró a hacer algo.

¿Así surgió Guardianes por la vida, el proyecto con el que fomenta el activismo en los niños?

Ese incendio fue el punto de partida, pero no el único origen. Yo estaba en cuarto de primaria y con mis compañeros de clase conversábamos sobre cosas que nos preocupaban. A partir de mi acercamiento a lo que ocurría en la Amazonía, decidí convocarlos, invitarlos y organizarlos. Fuimos a mi casa, hicimos pancartas, letreros, pensamos arengas y cantos para salir a la calle. Antes de eso ya había tenido otro acercamiento, no ambiental sino animalista, en protestas antitaurinas en Bogotá. Eso me dio una herramienta para canalizar lo que sentía por la Amazonía: vi a adultos movilizándose por los derechos de los animales y pensé: ‘¿Por qué los niños no podemos movilizarnos también por el clima?’. Hablé con sus mamás y con mi abuela, y nos fuimos de mi casa al centro de Villeta. Esa fue la primera acción fundacional de Guardianes por la vida.

¿Fue fácil convencer a tus amigos, o todos dijeron que sí de una vez?

Todos dijeron que sí de inmediato. Pero algo que me pone orgulloso es tener amigos, entonces y ahora, que realmente no lo dudan y están comprometidos con defender el medio ambiente y con cualquier causa con la que nos animemos. Ahora aquí estamos movilizándonos por la ampliación del aeropuerto de El Prat. Hay una movilización masiva el 20 de septiembre en el Passeig de Sant Joan en Barcelona. En Cataluña tenemos un proceso no solo con adolescentes, compañeros de mi colegio, sino también de participación ciudadana infantil. Como sabrás, hay un ascenso de discursos de odio, discriminación y antidemocráticos, y el objetivo es empoderar a los niños que creemos que es una manera de fortalecer a la democracia.

¿Cómo te sientes siendo pionero, siendo una fuente de inspiración para que otras personas actúen?

Siento satisfacción, de verdad. Hace un rato estaba hablando con colegios en Colombia. No estoy allá físicamente por ciertos motivos, pero mi corazón está allí. Cuando me conecto virtualmente y veo las aulas llenas, a los niños animados, eso me llena el corazón de alegría. Llegar a sus corazones y sus conciencias, hacerles sentir su ciudadanía y el poder que tienen, es algo que me alegra y me satisface mucho.

¿Cómo es un día normal en la vida de Francisco cuando no está siendo activista?

Muchas cosas. Hoy, por ejemplo, pasé gran parte de la mañana nadando. Fui con mi madre a una cala poco accesible, fue todo un logro. Me la paso bastante en el mar en verano. También estudio, buceo, leo, me gusta ir a la biblioteca, leer el periódico… Ahora estoy leyendo Asesinato en el Orient Express de Agatha Christie. Me gusta quedar con mis amigos, tomar algo, jugar fútbol. También hay que hacer estas cosas.

¿Qué te gustaría estudiar en la universidad?

Algo relacionado con Humanidades, Ciencias Políticas o Derecho. Ahora estoy en el último año de bachillerato, en un programa en francés y catalán con rama humanística, así que veo Latín, Historia. Creo que optaré por Derecho, quizás también Economía.

¿Te gustaría quedarte en Cataluña o España, o tienes en mente otro destino en Europa?

El 2 de septiembre cumplí cuatro años en Cataluña, así que siento un arraigo aquí. Estoy muy cómodo y contento de estar en este lugar, mientras al mismo tiempo continúo todo el trabajo en Colombia. Pienso seguir así de alguna manera.

Hablas mucho del término «ecoesperanza». ¿Cómo surgió este concepto y qué significa para ti?

Es un concepto que acuñé en los últimos años, cuando escribí mi libro Pregúntale a Francisco qué es el cambio climático (Planeta Junior, 2022). Ahí fue la primera vez que escribí sobre ecoesperanza, y desde entonces he seguido produciendo alrededor de esa idea. Tenemos varias campañas, como nuestra Declaración de la Ecoesperanza del 2022, un manifiesto político que hemos movilizado a nivel global y local con jefes de Estado, con el expresidente [Gustavo] Petro, el Papa Francisco, el secretario general de Naciones Unidas, alcaldes y gobernadores. Es una herramienta que los niños han usado para que su voz llegue a instancias políticas, con cinco propuestas concretas. Hay una metodología de la ecoesperanza que estamos construyendo en otros países, desde México hasta Japón. La declaración se ha movilizado en más de 15 países, y más de 5.000 niños, sobre todo de América y Europa, la han firmado.

También leí que eres el representante más joven de Latinoamérica en UNICEF. ¿Es correcto?

Sí, desde 2023 soy el primer defensor de la acción climática, trabajando con UNICEF y Naciones Unidas por la infancia. Represento la voz de otros niños que no están en esas mesas, pero también se trata de abrir espacios. Creo que ese ha sido un logro importante.

¿Ahora mismo cuáles son tus referentes? ¿Qué personas te inspiran en la lucha por los derechos humanos y la naturaleza?

Te diría un buen amigo, Tiago Ávila, que junto a Greta [Thunberg] hicieron una labor muy loable y muy bonita, o la relatora de Naciones Unidas para los Territorios Palestinos Ocupados, Francesca Albanese. Me parecen personas con mucha valentía para denunciar la injusticia y a sus perpetradores. Como referente histórico, me gusta mucho Pedro Casaldáliga, un obispo catalán que murió en Mato Grosso, Brasil. Hablaba del movimiento de la no violencia pacifista de la posdictadura, y decía que la solidaridad es la implementación de la justicia.

¿Tienes alguna historia de haber conocido en persona a alguno de estos referentes?

Conocí a Greta en Glasgow, en la COP26, en Escocia. Recuerdo ese día: el clima se sentía depresivo porque el sol se pone a las tres de la tarde. Estábamos en una manifestación y dimos un discurso juntos en una plaza pública; fue muy emotivo. También en Barcelona, cuando partió la Global Sumud Flotilla hacia Gaza para tratar de romper el asedio. Otro momento que me impactó mucho fue en 2023, cuando sobrevolé Manaos con Greenpeace, en el corazón de la Amazonía brasileña. Vimos la Amazonía como un océano infinito de árboles, pero también parches gigantes recién talados, soltando humo fresco de tierras deforestadas para ganadería extensiva y cultivos de palma. Fue un momento de inspiración, pero también de confrontación con esa contradicción.

Con este tipo de labor suelen recibir hostigamiento. ¿Cómo te sostienes emocionalmente? ¿Has pensado alguna vez en parar?

He tenido la suerte de contar con una red: familia, amigos, profesores, una red institucional de Naciones Unidas de Derechos Humanos, tanto en Ginebra como en Bogotá, y de Amnistía Internacional, que ha acompañado mi caso. Sin esa red sería muy difícil sostenerse, finalmente tú te sostienes en la red. También tengo una perspectiva espiritual, soy creyente, y eso me ayuda a afrontar mejor la situación. No diría que he tenido miedo, aunque por supuesto da miedo, pero defender el medioambiente y los derechos humanos no es un crimen. El crimen es explotar los recursos de la tierra y comprometer el futuro de las próximas generaciones. Es natural sentir miedo, y lo he experimentado, pero también tengo esperanza, y me reconforta ver a otras personas movilizándose, informándose y tomando acción.

En tu discurso siempre hablas de el adultocentrismo en política, ¿me lo podría definir como si se lo explicaras a un adulto que nunca se ha parado a pensarlo?

Es básicamente una expresión más del patriarcado. Desde tiempos antiquísimos, la sociedad ha impuesto los intereses de algunos grupos sobre otros por la fuerza, lo vemos en modelos machistas, en el colonialismo, en el antropocentrismo, y también en el adultocentrismo. Los niños no formamos parte del modelo de sociedad que los adultos han construido: nos han marginado del sistema de participación política y de la toma de decisiones. El adultocentrismo consiste en que los adultos priman su opinión y su perspectiva para construir y gobernar el mundo, de la misma manera que Europa impuso sus intereses al resto del mundo con campañas coloniales violentas, o que las mujeres han sido sistemáticamente excluidas del liderazgo. No es algo aislado: son sistemas de opresión que se retroalimentan entre sí.

¿Qué crees que se pierden los gobiernos cuando excluyen a los niños de decisiones importantes?

Estoy investigando justo esto para mi trabajo de bachillerato. Mi hipótesis es que la democracia sufre un retroceso considerable: hay corrientes de pensamiento económico, tecnócratas de Silicon Valley y élites globales que plantean abiertamente que la democracia es un impedimento para el libre mercado, y buscan derrocar los sistemas democráticos. Me preguntaba por el rol de la juventud en esto, porque hoy muchos de quienes respaldan ideas autoritarias son jóvenes de 17 años. Creo que los gobiernos instrumentalizan la participación infantil y ciudadana a su beneficio. La alternativa es crear modelos de participación descentralizados, cercanos a la gente, donde el poder realmente llegue a las personas. No solo votar cada cuatro años y olvidarnos de lo público el resto del tiempo. Los gobiernos piensan en clave económica, en sus intereses y ganancias, y la participación real a veces significa que la gente se oponga a la explotación de la naturaleza. No creo que sea inconsciente, sino que es algo que hacen voluntariamente.

Si un niño de nueve años estuviera viendo hoy las noticias y sintiera lo que tú sentiste, ¿qué le dirías?

Que hay que tomar acción ahora mismo. Sé que muchos me dicen que no debo dejar de ser niño, que no pierda la juventud, pero creo que hay que replantear el modelo de infancia que tenemos. He visto también a otras personas jóvenes, que son activistas, que dicen que han perdido su infancia. Bueno, el propio discurso de Greta en Naciones Unidas fue que le arruinaron su infancia porque tuvo que sacrificarse y es de las afortunadas, de las privilegiadas. Pero yo creo que no es necesario sacrificarse para que los niños tengan voz y puedan participar en el sistema político y en la sociedad. Los niños jugamos, que es un derecho, y estudiamos, que también es un derecho, y tenemos esos espacios de esparcimiento, de entretenimiento, que son tan necesarios para nuestro desarrollo y que, sin lugar a dudas, he podido experimentar. Pero eso no quiere decir que incluso si no ven un incendio en la televisión, si no ven la necesidad de actuar, no puedan participar en lo que les interese, lo que les llame, lo que les guste. Los niños tenemos derechos civiles y políticos que hay que reivindicar, ejercer y hacer posibles. Ser niño también es participar, movilizarnos, protestar, preguntarnos, organizarnos entre nosotros y hacer algo por lo que nos inquieta en este mundo. Le diría a ese niño que no dude en actuar, y que si se topa de frente con ese adultocentrismo, no se achicopale, que más bien lo haga con mayor convencimiento cuando se lo encuentra de frente.

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