Cada vez que una ciudad asfalta una calle, emite una cantidad significativa de CO₂ a la atmósfera. El proceso de fabricación del asfalto convencional requiere grandes cantidades de energía y materiales de origen fósil, y es uno de los sectores de la construcción más difíciles de descarbonizar. Barcelona ha encontrado una respuesta inesperada a ese problema: los huesos de aceituna de los campos de Andalucía.
El Ayuntamiento de Barcelona ha seleccionado el Proyecto Biochar como propuesta ganadora del reto urbano «La sección de calle del siglo XXI», un programa de innovación que busca rediseñar cómo se construyen las calles de la ciudad con mucho menos impacto ambiental. La idea: sustituir un componente mineral del asfalto por biocarbón fabricado con residuos agrícolas, fijando el carbono bajo el pavimento durante décadas en lugar de liberarlo a la atmósfera.
Qué es el biocarbón y cómo transforma el asfalto
El asfalto convencional contiene un componente llamado filler calcáreo — un polvo mineral que da cuerpo y consistencia a la mezcla bituminosa. Es un material habitual, pero también está asociado a una parte relevante de las emisiones del pavimento durante su fabricación.
El Proyecto Biochar propone sustituir ese filler por biocarbón — un carbón vegetal de alta calidad obtenido mediante un proceso de pirólisis a partir de huesos de aceituna y biomasa de pino. El material es producido por Carboliva, una empresa ubicada en Puente del Obispo, en Jaén, que transforma los residuos del olivar andaluz en un material de construcción de alto valor añadido.
Lo que hace especial al biocarbón es que actúa como un almacén de carbono de larga duración. Los olivos absorben CO₂ de la atmósfera durante su crecimiento. Cuando sus huesos se convierten en biocarbón y se integran en el asfalto, ese carbono queda fijado en la estructura del pavimento durante décadas, en lugar de liberarse de nuevo al degradarse.
«Que el hueso de aceituna de nuestra tierra se convierta en un material tecnológico para una ciudad como Barcelona», resumió Álvaro Espuny, CEO de Carboliva.
El 76%: qué significa exactamente y qué matices hay
La cifra más llamativa del proyecto es la reducción del 76% en las emisiones de CO₂. Pero es importante entender exactamente a qué se refiere: no significa que las calles dejen de emitir gases ni que el tráfico vaya a contaminar menos. La reducción se refiere a la huella de carbono del propio proceso de fabricación y aplicación del asfalto.
Además, y esto es relevante, se trata de una estimación basada en pruebas de laboratorio. Los ensayos realizados por la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) junto a las empresas AMSA y ELSAN demuestran que las mezclas con biocarbón mantienen o mejoran las prestaciones del asfalto convencional en términos de resistencia, durabilidad y estabilidad térmica. Pero el comportamiento real en una calle con tráfico, lluvia y cambios de temperatura todavía está por validarse.
El calendario: de laboratorio a calle entre 2026 y 2028
El proyecto cuenta con una financiación de 90.000 euros y un calendario claro. Actualmente se encuentra en plena fase de investigación y prototipado en los laboratorios de la UPC, trabajo que se prolongará hasta septiembre de 2026.
Entre octubre y diciembre de 2026 está previsto el primer piloto real: un tramo de obra pública en Barcelona donde el nuevo pavimento se instalará y comenzará a monitorizarse. Durante 2027, el equipo medirá cómo responde el material en condiciones reales — tráfico, desgaste, temperatura, lluvia — y cuánto CO₂ absorbe efectivamente. El primer trimestre de 2028 se elaborarán los informes de resultados.
Si los resultados confirman las previsiones, la tecnología podría extenderse a más calles de Barcelona y, posteriormente, a otras ciudades españolas y europeas. El Ayuntamiento de Barcelona, BIMSA, BIT Habitat y la Diputación de Barcelona respaldan el proyecto.
Por qué conecta el campo andaluz con la ciudad catalana
España produce alrededor del 45% del aceite de oliva del mundo. Los olivares generan cada año grandes volúmenes de residuo en las almazaras — huesos, cáscaras, alpechín — que tienen un aprovechamiento limitado. El Proyecto Biochar convierte uno de esos subproductos masivos en un material de construcción de alto valor añadido.
Es un ejemplo de economía circular que conecta dos mundos habitualmente separados: el sector agrícola del sur de España y la ingeniería civil urbana de una gran ciudad. Si funciona a escala, podría crear un mercado estable para los residuos del olivar y reducir al mismo tiempo la huella de carbono de la construcción de infraestructuras en toda Europa.
A veces la sostenibilidad no se ve. Está debajo de tus pies, en la composición del pavimento.
Barcelona no está prometiendo una solución mágica. Está probando una idea con respaldo técnico, un calendario claro y una visión que conecta el campo andaluz con las calles del futuro. Y eso, en un sector tan difícil de cambiar como las infraestructuras urbanas, ya es bastante significativo.
Fuentes:
– Ecoticias.
– Ecoinventos.








