«Todos nacemos siendo rastreadores»: Elvia Gómez Troya, la exploradora de 14 años que llama a recuperar el lenguaje secreto de la naturaleza

Sufrió burlas en el colegio por contar lo que hacía los fines de semana. Hoy tiene dos libros publicados, expediciones en Bolivia e Indonesia y una misión: que conozcamos la naturaleza para poder protegerla.

Elvia Gómez Troya tiene la tarde ocupada. Cuando termine esta videollamada le toca ir a kickboxing, una de las dos extraescolares, junto al breakdance, que le llenan la semana. Hoy no ha ido a clase porque es fiesta en la localidad de su instituto, así que ha encontrado un hueco para la entrevista. En cualquier adolescente de 14 años esto debería ser fácil, pero en su caso, no. Este fin de semana se va a Londres y el siguiente a Segovia a ver a su familia y, de paso, a rastrear, esa gran pasión a la que dedica prácticamente todos sus días.

Su rutina empieza a las seis y media de la mañana, con estiramientos e inspiraciones del método Wim Hof —atleta neerlandés conocido por sus ejercicios de respiraciones profundas—. Después camina hasta la parada del autobús, todavía de noche, y escucha. El oído, la vista, la conexión con la naturaleza, esas son las bases del rastero. «Se van oyendo diferentes especies: colirrojos, petirrojos, algún carbonero más adelante, cuando sale el sol», cuenta por videollamada a Inspiring News. Luego, claro, vienen el instituto, los deberes y las extraescolares.

Está en tercero de la ESO y admite que entre semana «no le da la vida» para salir al campo tanto como quisiera. Aún así, a su corta edad, esa pasión por la naturaleza ya le ha valido el premio Young Scientific Explorer 2025 de la Scientific Exploration Society y miles de seguidores en su cuenta de Instagram, @elvialarastreadora, en la que divulga su conocimiento ambiental y comparte sus exploraciones. Pero, ¿cómo se define ella misma? «Soy una niña de 14 años que ama la naturaleza y tiene una pasión increíble por los animales y la vida que le rodea», responde.

Su música favorita es la de los años ochenta, le gusta leer novelas de misterio, thriller y asesinatos, aunque estos días lleva en la mochila un libro sobre cambio climático, y, sobre todo, le encanta escribir. De hecho, ya es autora de dos libros: Elvia la rastreadora. Cosas que me flipan de los animales (SERAFO, 2024) y Eco Salvaje. La Tierra habla a través de quienes están dispuestos a escucharla (Tundra Ediciones, 2026). Pero en su vida la escritura va mucho más allá del hobby, nació casi más como un refugio.

«Desde pequeña he sido un poco el bicho raro», dice. Contar en clase que había pasado el fin de semana en el campo con su familia no era fácil, porque sus compañeros lo usaban como material para sus chistes. Llegó a sufrir bullying, pidió ayuda a sus profesoras varias veces, pero casi fue peor: algunos empezaron a meterse con ella precisamente por haber hablado.

«Aprendí a hacer callo, como dice mi madre», explica. Pero no lo disfraza: «Si te soy sincera, muchas veces me quedo sobrepensando, y duele». Hoy está mejor. Algunos compañeros todavía la imitan con el saludo de sus vídeos, pero los mismos que se burlan también la siguen en redes. La gente con la que comparte su pasión está lejos, en Australia, Colombia o Inglaterra, y la conoce por Instagram.

Aún así, reconoce, también tiene amigos que no saben nada de huellas y con los que puede hablar sin miedo a ser juzgada. «No voy a cambiar lo que me gusta por gustar a otras personas. Igual no encajo con una persona, pero ya encajaré con otra», matiza. Al fin y al cabo, lo suyo no son las leyes y las normas del instituto, sino las de la naturaleza. De hecho, el estudio práctico de toda esta idiosincrasia es lo que define ilusionada como el oficio de la rastreadora.

Rastreos familiares

«Es como ser un traductor de la naturaleza, de un lenguaje que muy poca gente conoce». También lo compara con una llave. Sin esta llave, una huella en el barro es simplemente la huella de un perro cualquiera. Pero, presentando la atención suficiente, el barro agrietado dice que el animal pasó por allí hace un día, en dedo deformado de la huella delata que fue un zorro concreto, y las pequeñas huellas de conejo debajo cuentan que hubo una persecución. «Es como una historia», resume.

Y advierte que de este mundo no se sale. Quien empieza a abrir los sentidos ya no deja de preguntarse qué suena, quién lo hace y por qué, esté en clase o en el trabajo. Para ella no es un don reservado a unos pocos: «Todos nacemos siendo rastreadores. Un bebé recién nacido busca el calor, busca el pecho de su madre, busca un refugio». La diferencia es que casi nadie lo sigue trabajando. Sus padres, rastreadores también, se encargaron de que ella sí. Hay fotos suyas en los Pirineos, con apenas unos meses, siguiendo marmotas desde la mochila portabebés.

Gómez lo dice claro: «sin mis padres no hubiese hecho nada de lo que he conseguido hasta ahora». Con ellos ha hecho expediciones en Bolivia y en Indonesia, a los 13 y a los 14 años, con mochilas de 20 kilos. «Son unas máquinas», asegura. Los llama sus mejores amigos, aunque en casa haya ratos de tensión, «que son normales». Lo que más disfruta no son los grandes viajes, sino los paseos improvisados, a veces en silencio, sabiendo que los tres están ahí. «Es algo que no les voy a poder agradecer ni en esta vida ni en siete».

El recuerdo, explica, que más la ha marcado en esta vida de rastreadora es triste y bonito a la vez. Tenía unos ocho años y estaba en las Bardenas Reales, en Arguedas, después de unas lluvias muy fuertes. Se asomó a unos pozos y encontró pájaros, sapos, ranas, ratones y escarabajos ahogándose, sin tener dónde agarrarse. «Fue horrible», recuerda. Antes, a los cuatro años, ya se había enamorado de una sapa «más grande que mi cabeza» que su familia rescató de una bodega

Volvió entonces preparada, con varias cajas y un cazamariposas, y fue sacando uno a uno a los que seguían vivos. Hay un vídeo de ese día en el que aparece llorando. «Solo porque han caído en este pozo ya no tienen una oportunidad. Pues ya que estoy yo, les voy a ayudar», pensó. Consiguió sacar cajas y cajas de animales. Fue uno de los primeros hitos de su corta, pero dilatada, carrera. El siguiente fue, dar el salto a las redes sociales, el canal que la ha dado a conocer, aunque para eso faltaban aún unos años.

Huellas digitales

La idea no fue suya ni de sus padres. Cuando tenía 11 años, una amiga de la familia les dijo que había que aprovechar lo que tenía Gómez, y ella entendió el porqué: no es lo mismo que un adulto dé una charla a niños que lo haga una niña. Y así lo hizo. Como es menor, su madre es la que lleva las cuentas. «Mi padre lo odia», se ríe.

Pero, aún así, no quiso que los reels acabaran con su verdadera esencia, la de pasar páginas. Así nació su primer libro, Elvia la rastreadora. Cosas que me flipan de los animales, que también ilustró y que tituló con el verbo que repetía todo el tiempo: flipar. «Si tiene que ser mío, que sea mío al cien por cien: los dibujos, los textos y las expresiones», explica.

El segundo llegó de una forma más rara. En invierno anochecía pronto, las luces del autobús no funcionaban y no podía leer, así que se ponía música. Una mañana, mientras miraba por la ventana la silueta de la montaña, sonó en aleatorio su canción favorita, Every Breath You Take, de The Police. «Ahí dije: esto va a salir adelante». Empezó a escribirse notas en un grupo de WhatsApp en el que solo estaba ella, y las notas se volvieron capítulos. El resultado es Eco Salvaje. La Tierra habla a través de quienes están dispuestos a escucharla (Tundra Ediciones, 2026), una novela, «una ficción que en el fondo es real», sobre lo que le está pasando al planeta, protagonizada por un grupo de adolescentes inspirado en sus mejores amigos.

Escucharla hablar del futuro de la Tierra es curioso porque parece casi que la incertidumbre del momento actual se empaste con la típica de su edad. Todavía no sabe qué estudiará. Piensa en un grado forestal, o en formarse para ser guía, quizás en África. En unos meses se mudará de Navarra a Segovia. Lo que sí sabe es que quiere seguir enseñando, con libros, documentales o lo que haga falta, y cambiar de qué hablamos cuando quedamos con alguien: menos malas noticias y más «esta mañana he salvado un pajarito».

Ya está pasando. Le escriben personas que iban a matar una chinche y, al acordarse de ella, la sacaron de casa. «Te das cuenta de que dejas pequeñas huellas en la gente», dice. Una rastreadora sabe bien lo que eso significa. A los jóvenes les deja un mensaje: no hace falta un máster ni tres carreras para lograr cosas. «Siempre va a haber gente que te critique. Pero piensa que va a haber mucha más a la que sí le va a gustar lo que haces. Lucha por ser tú misma».

Después se despide. La esperan en kickboxing.

Buenas noticias en tu correo

Suscríbete y recibe las mejores noticias positivas de la semana.

Espera...

¡Gracias por suscribirte!

Noticias relacionadas

Noticias relacionadas

Recibe tu dosis semanal de buenas noticias

Cada semana seleccionamos las 5 mejores noticias positivas para ti. Sin spam, solo inspiración directa a tu bandeja de entrada.
Espera...

¡Gracias por suscribirte!

Scroll al inicio