“Buscamos solucionar el estrés de una vida atareada con aún más tareas”: cómo superar el fin del verano sin morir entre propósitos

Boyante, estridente, embaucador. El verano siempre explota por sorpresa. Como ese invitado que irrumpe en una fiesta en la que, en realidad, todo el mundo lo estaba esperando. Su despedida, en cambio, es algo más compleja. Se parece, más bien, a la de esos que pululan desconcertados por la pista al final de la noche y que apenas se despiden porque no necesitan reincidir en la verdad que todos conocen: la fiesta se ha acabado.

Por no tener, el final de verano no tiene ni siquiera una fecha clara. Para la mayoría se acaba con la vuelta al colegio y los trabajos a principios de septiembre. Pero la tradición astronómica nos indica que, en verdad, llega este miércoles 23 de septiembre. El equinoccio de otoño es el último clavo sobre el ataúd del síndrome posvacacional que, año a año, nos enfrenta a la misma pregunta: ¿seremos capaces de mantener el estilo de vida con el que hemos fantaseado en verano o se lo llevará por delante la rutina?

Para responderla, no obstante, habría que empezar por definir exactamente en qué consiste ese estilo de vida estival y de dónde viene el profundo desazón que provoca su pérdida. En este 2026 hay pocas personas más indicadas para discutirlo que Enrique Rey. Primero porque hace ya años que abandonó su Madrid natal para vivir en la Murcia de sus vacaciones infantiles y perseguir esa quimera del verano infinito. Pero, sobre todo, porque en mayo publicó Melón con jamón: crónica sentimental de un país al sol (Temas de Hoy).

En este ensayo, el periodista y también coordinador de la escuela de vela Socaire a orillas del Mar Menor, examina cada una de las aristas de ese mito veraniego. Incluido, por supuesto su final, cuyo potencial dramático, según relata, lleva décadas haciendo las delicias de los compositores, de los aragoneses de Amaral con su Días de Verano a Green Day con Wake Me Up When September Ends. “El verano tiene mucho ritual arcaico. Igual que al principio del verano hay una especie de euforia desatada en las hogueras de San Juan, al final del verano todos podemos permitirnos estar tristes sin que se nos juzgue”, explica el autor a Inspiring News.

En su caso, este año reconoce que es más bien un alivio: termina el calor y la temporada alta en la escuela, y ya puede ver cómo el resto de veraneantes abandonan el lugar y la ciudad se va quedando poco a poco vacía. Pero, aún así, defiende que la tristeza intrínseca de este momento entronca con una herida que va mucho más allá de las playas y las siestas . “El verano nos enfrenta y nos contiene a nosotros mismos de año en año, es uno de los marcadores temporales más presentes en la vida. Nos da una imagen del vértigo del paso del tiempo, que al fin y al cabo es el miedo a la muerte”, explica.

Carlos Sánchez Polo, psicólogo especializado en ansiedad y fundador de la plataforma Asthend, que conecta a pacientes con profesionales, también incide en relacionar este momento con el pánico a los finales. “Es cierto que lo vivimos con mucha desazón. Cualquier cambio de etapa es un miniduelo, una adaptación y es normal que nos pueda estresar. Es como si pretendes tomar el sol sin que eso estrese el cuerpo”, explica. Pero, ¿qué hacemos ante esa incomodidad?  Por lo general, lanzarnos a hacer listas infinitas de propósitos.

El poder del vacío

Recién despertado, salir a correr y hacer pesas. De camino al trabajo, intentar escuchar un podcast formativo. En el trabajo, comer más sano. De vuelta, seguir escuchando el podcast. Después quedar con mis amigos, cenar y antes de dormirse, leer por lo menos 10 páginas. No es extraño que los propósitos de muchos a la vuelta de vacaciones se parezcan a esta lista de tareas infinitas. Pero, a pesar de sus buenas intenciones, Sánchez Polo advierte de los peligros de este planteamiento.

“Al final estamos intentando solucionar un estrés producto de una vida con tareas invasivas con más tareas. Como estoy estresado, me apunto a yoga. Pero claro, voy a yoga estresado y salgo de yoga estresado. Si yo lo que planteo es esa checklist, lo que estoy haciendo es precisamente lo que me lleva a una rutina voraz de la que luego voy a acabar huyendo”, añade.

“Cuando en realidad, ¿qué es lo que caracteriza unas vacaciones? Pues que probablemente te has levantado a una hora no tan exigente, que te has dado el permiso de desayunar, de leer esa novela que tanto te apetece y todo eso requiere un estrés basal mucho menor del que tienes en tu día a día. Entonces quizás va por ahí”. Ese ritmo más calmado y hasta vacío, y no la hiperorganización del tiempo libre, es, según el experto, la mayor de las enseñanzas que nos puede dejar el verano.

Si se aplica en la rutina, defiende, se acabaría el gran abismo que divide para muchos a su rutina, en la que apenas encuentran ilusión, de sus vacaciones, a las que se lanzan con tanta ansia que al terminar, acaba por destruirles. El verano tiene el potencial de convertirse así en una extensión de nuestra vida, y no en una vida paralela y completamente aislada.

El verano invencible

Rey comparte esta aspiración a poder fundir nuestro estilo de vida estival con el del resto del año. Aunque para él, hay dos maneras claras y muy distintas de hacerlo. Por un lado está la más mercantilista. Según defiende en su libro, hace años que el verano dejó de ocupar solo tres meses y se estiró durante el resto del año con el alegato hedonista que venden todo tipo de marcas. “Hay una lucha para convertir ese entusiasmo veraniego en una hoguera que no se apaga. Como el verano está lleno de constantes antropológicas es muy fácil convertirlo en producto. Intentar mantener ese entusiasmo cuando termina el verano es como intentar mantener una reserva de ilusión: reorientar esa ilusión veraniega para la producción”.

Por otra parte, valora contrarrestar esta presión comercial llevando también al resto del año los valores más puros que siguen haciendo del verano una experiencia trascendental. Para ello recurre al concepto del «verano invencible» que el escritor Albert Camus popularizó en Retorno Tipasa, un ensayo dentro de la colección de El verano. “Es esa idea de que el verano siempre regresará, es esa fuerza que nos puede hacer caminar un poco en la penumbra”. 

De ese concepto, Rey anima a tomar, y a replicar durante todo el año, la capacidad del verano suspender la productividad. Pero, sobre todo, recupera dos conceptos que para él son clave: el entusiasmo y la promiscuidad, entendida, claro, como la cualidad de lo que está mezclado de manera indiferente. “Lo mejor que se puede aprovechar durante todo el año de ese verano invencible es la buena disposición a qué te ocurran cosas y a descubrir cosas. ¿Por qué un 15 de agosto estás dispuesto a tirarte al mar o dar un paseo, pero el 15 de noviembre no?”, zanja.

Esta cuestión, en palabras de Sánchez Polo, se reformula con otro concepto que considera fundamental en sus sesiones: la coherencia. “Siéntate contigo, se honesto, reflexiona, mira cómo está tu vida e intenta orientar tu vida a la coherencia, que tus hábitos y tu día día sea coherentes con cómo quieres vivir tu vida a lo largo de todo el año, y no solo durante verano”, comparte.

 “No es tanto qué añado a mi rutina, sino que me atrevo a quitar. Tolerar ese espacio entre taras y verme en ese vacío. A corto plazo, atreverse con este camino, genera un poquito de ansiedad, pero hay que razonar mucho esa ansiedad porque igual merece la pena sentirla y, sobre todo, porque lo que viene a medio y largo plazo va a ser mucho más real”, concluye.

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