A los 21 años, sola y sin hablar el idioma, decidió construir lo que nadie en Hetauda creía posible. Trece años después, 157 niños con discapacidad tienen la formación que el mundo les había negado.
Son cerca de las siete de la tarde en Hetauda, Nepal, y de fondo suena una campana. Aina Barca (35 años, Barcelona) se disculpa: son sus vecinos, haciendo el ritual del anochecer. No corta la videollamada, solo baja la voz un momento y sigue contando su historia, como quien ya está acostumbrada a que la vida real se cuele en medio de las entrevistas. Lleva trece años así, con Nepal de fondo.
Todo empezó en unas vacaciones de verano. Barca quería hacer un voluntariado con niños con discapacidad, lo buscó primero en India y no lo encontró. Terminó en un orfanato de Hetauda, una ciudad que nadie conocía. Ahí había tres niños con discapacidad intelectual que no iban a la escuela. Cuando preguntó por qué, la respuesta fue una frase que no se le ha olvidado: «estos niños no tienen mente, nunca van a poder aprender».
No fue solo esa frase. Fue descubrir que en toda la zona no existían escuelas de educación especial, y que se había normalizado que un niño con discapacidad no estudiara. «Lo que más me dolió fue ver cómo esta injusticia se había maquillado de normalidad», confiesa Barca a Inspiring News al otro lado de la pantalla de su ordenador. En Nepal los niños con discapacidad no tienen voz: no pueden decir que tienen hambre o que están tristes, y mucho menos que la educación es un derecho. En aquel entonces ella trabajaba en Barcelona en un centro de atención a personas con pluridiscapacidad, y la pregunta que le dolía era otra: ¿Cómo es posible que un mismo niño, con la misma discapacidad, tenga una vida tan distinta solo por haber nacido en España o en Nepal? «No podía desver lo que ya había visto», explica.
Tardó quince días en decidirse. Los primeros, mirando fotografías, incluso pensó en adoptar a los tres niños del orfanato y llevárselos a España. En dos meses había creado con ellos un vínculo muy fuerte, les enseñaba en inglés, sin hablar nepalí, y aprendían rapidísimo. Pero entendió que la solución no era llevarse a tres: era un problema de muchos. Si no había escuelas, alguien tenía que hacerlas. Y si no lo hacía ella, ¿quién?
Registró una ONG, Familia de Hetauda. El nombre lo eligió porque cree que hay una familia que va mucho más allá de la sangre y los apellidos: la que nos une a todos como humanidad.
No todos la entendieron. Sus padres la apoyaron, pero hubo tíos y otros familiares que pensaron que se había vuelto loca, y algunos pasaron años sin hablarle. En España tampoco era fácil pedir a la gente 10, 15 o 20 euros al mes para construir una escuela en Nepal a una chica de 21 años. «No juegues a las ONG», le decían. Hasta que una primera persona, una segunda y una tercera creyeron en el proyecto. «Al final todo cuenta, cada pequeña cantidad es una suma más que permite tener la escuela abierta«, aclara.
Volvió a Nepal en 2013, sola, sin hablar el idioma y sin conocer la cultura. Lo que siguió no fue fácil: amenazas, un intento de secuestro para sacarle dinero a la obra, incluso un intento de abuso. Y de la policía ni hablar, ya que no servía de nada porque no había nadie «detrás» de ella a quien temerle. «El coste de hacerme daño era cero«, dice, sin dramatismo, como quien ya ha hecho las paces con eso hace tiempo. Se repetía una frase para seguir: «si la escuela no me mata, va a haber escuela». Lo que la sostenía, además de su terquedad —ella misma se define como «muy tauro»— era saber que había gente en España que había confiado en ella y a quien no podía fallar.
También tuvo que ganarse a las familias. Las madres la veían llorar, gritar y enfadarse en la oficina de educación de Hetauda y no entendían qué le pasaba a esa chica extranjera. Ellas nunca habían peleado para que su hijo fuera a la escuela. Hoy, esas mismas familias la ven y se echan a llorar. El camino hasta este momento —que ella misma escribió en el libro Asha o la fuerza de la esperanza (Plataforma Editorial, 2019)— parecía imposible. Pero, en vez de abrumarse por las infinitas dificultades, decidió centrarse en lo que sí podía empezar a hacer. Paso a paso.
Las primeras piedras

Empezaron siendo tres mujeres: dos maestras y una fisioterapeuta. Hoy son tres escuelas, en Hetauda, Katmandú y Bardibas —esta última abrió hace menos de un año— con 157 niños, 100 de ellos en Hetauda. Y son 63 mujeres nepalíes formadas desde cero por la fundación, con ayuda de voluntariado español, como maestras de educación especial y fisioterapeutas, profesiones que antes no existían en el país. Pero los números no cuentan lo importante.
Para entenderlo hay que empezar por aclarar qué significa la discapacidad en Nepal. Existe la creencia de que es un castigo divino por pecados de vidas anteriores, y muchas familias sienten vergüenza y esconden a sus hijos. Y como casi no hay servicios, tampoco saben qué hacer con ellos mientras trabajan. Algunas construyen una jaula de barrotes de madera y los dejan dentro 8, 10 o 12 horas. Otras los atan al cabecero de la cama. «Yo he visto jaulas con niños dentro», dice Barca. Pero no cree que sean familias malas: no tienen herramientas, ni conocimiento, ni apoyo, ni dónde dejar a su hijo, y dejar de trabajar no es una opción.
De ahí la lista de espera constante y la carrera por ampliar. Además de las escuelas, la fundación tiene una residencia escolar en Hetauda donde viven 26 niños: huérfanos, niños abandonados por familias que sentían vergüenza, niños que sufrían maltrato o riesgo de abuso, y otros cuyas familias viven a siete u ocho horas de distancia. Algunos ni siquiera vuelven a casa en vacaciones, porque sus padres los rechazan. «Hay padres que te dicen que no son sus padres, y tú los ves y tienen la misma cara que su hijo», confiesa. De allí que en la escuela Bardibas también estén construyendo otra escuela. «Vamos tan rápido como las ayudas nos permiten», justifica.
El mundo de Ayush

Ayush fue uno de los primeros alumnos. Tiene discapacidad intelectual, pero antes de llegar iba a una escuela de sordos, con profesores que enseñaban en lengua de signos. Sin ser sordo, no desarrollaba el lenguaje. Barca le dijo a su madre que su hijo podía aprender a hablar, y ella, que la había visto pelear en las oficinas del Gobierno, confió. Ya había desafiado a su propia familia política: los suegros querían encerrar a Ayush en una jaula y ella se negó, se marchó a vivir con sus padres a Hetauda, y ahí se conocieron. Con los años se reconcilió con los suegros, que se mudaron a Hetauda, ya sabiendo que a su nieto no lo iban a enjaular. Hoy esa madre es presidenta de la escuela de Hetauda. Y Ayush, trece años después, cocina, prepara el té y cuida de sus abuelos, ya muy mayores: los ayuda a levantarse, les sirve la comida y les lleva una taza de té cada mañana. Su hermano menor, sin discapacidad, estudia en Katmandú.
«Cuesta mucho que la gente vea que estos niños son capaces», dice Barca. «En un niño sin discapacidad hay expectativa de que va a ser médico o ingeniero. En estos niños, a veces se trata de cosas mucho más básicas: aprender a vestirse solo, a cocinar. Y eso también es un logro enorme».
La inclusión laboral, en Nepal, es prácticamente inexistente. Por eso cuando la fundación contrató a Sitish —un antiguo alumno con una afectación cognitiva importante desde que de pequeño ingirió gasolina— como asistente escolar, salió en los periódicos. Era la primera persona con discapacidad intelectual en Nepal con un contrato formal. «Esto no tendría que ser una noticia», defiende. Ahora intentan que más chicos puedan quedarse a trabajar como asistentes de los profesores o de cocina.
La fundación no pone fecha de salida. Hay alumnos desde los 5 años, la edad en que las familias suelen detectar la discapacidad, hasta los 38. Los mayores pasan al taller ocupacional, donde aprenden un oficio y hacen manualidades que se venden en Nepal y en España. Porque, como dice Barca, no tendría sentido decirle a alguien que empezó a los 17 que «ya se acabó» solo porque cumplió cierta edad. Sería devolverlo a la jaula.
Estas últimas semanas, además de sostener las tres escuelas, la fundación ha volcado su ayuda en las víctimas de las recientes inundaciones, aunque sus escuelas no se vieron afectadas. Una riada provocada por el desprendimiento de un glaciar en la frontera con el Tíbet arrasó sin previo aviso el pueblo de Timure, en la zona de Rasuwa, en una zona de montaña donde no había nadie para dar la alarma. Se calcula que hay más de 5.000 desaparecidos. En Katmandú, un monasterio abrió sus puertas como refugio para 200 personas que lo perdieron todo. La fundación, junto a otras organizaciones, garantiza cuatro comidas al día, colchones, ropa y apoyo psicológico, sobre todo para los niños, algunos de los cuales se quedaron sin familia. Han reubicado a 45 en escuelas de Katmandú y faltan ocho por resolver. Han abierto un enlace de recaudación para sostener el refugio mientras buscan una solución a medida para cada familia.








